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Requiem
Esta es la canción de mis despedidas. Me encuentro tarareandola cada vez que un adiós se avecina, cada vez que un ciclo se cierra, que alguien se aleja, que emprendemos viajes, que la vida se acaba. Para toda separación, se va entonando esa canción sin darme cuenta y canta una vocecita en mi cabeza que trata de animarme y convencerme de que es normal, todo el mundo se despide, y el mundo sigue girando.
Soy experta en cuentas regresivas, creo en la solemnidad de dar el espacio que merece cada "última vez" cuando algo cambia. Voy contando las últimas veces, dignificando un momento especial para toda ocasión que no se repetirá y cada espacio que no volveré a transitar. Y sin embargo esta vez, mi despedida ha sido pretender que el tiempo no termina. Pasar los fines de semana igual que si hubiera infinitos por delante, tratar de no conmemorar el tiempo que se acaba.
Quizá este adiós es distinto porque al tratarlo con indiferencia he ido aplazando las lágrimas, no tiene sentido llorar a la víspera, estoy quizá esperando el verdadero "último instante" para dejar que fluya.
Comprender en este sentido que como ser humano, es normal que duela, es normal que se haga el nudo en la garganta que no me permite hablar, es normal que se sienta el vacío y la incertidumbre; pero puede esperar, esperar hasta el segundo preciso en el que tenga que doler, y decido pasar los últimos días como si no hubiera cuenta regresiva, como si fuéramos eternos.
Quizá también, no me siento con el derecho de penar. Parte de mí, esa que es cruel y me dice las cosas sin piedad, sabe que yo he estado en el otro lado de la historia. Que he sido quien se fue, y todo, todo lo que eso significa para quien se quedó en el que hoy es mi lugar. Y la culpa, o el no caer en el descaro, me hace creer que no estoy en posición de sufrir porque sería dar la razón a los reveses.
En el fondo tengo miedo. Quiero pensar en que ya me he despedido antes, que lo he superado. Me repito que es normal que duela, y debo ser fuerte para permitir que solo duela lo necesario, y ni un poco más. Tener la fortaleza para levantarme porque en el fondo somos babba y yo, con todo, todo lo que eso significa. Saber que no hay deudas por pagar, que no se trata de una lección, de castigos o devoluciones, simplemente es un paso necesario y que el cambio trae opción de mejoras. Pero sé que el tiempo se demora cuando estás incompleto, sé que me hará falta su risa y su alegría onmipresente. En el fondo tengo miedo.
lunes, septiembre 22, 2014
Obtuve mi certificación PMP. (los logros y fracasos a los 30 años)
Creo que muchos no entienden que no lloro por las arrugas, porque mi cuerpo ya no resista la resaca, o porque a estas alturas el genio se me volvió tan jodido que ya no hay vuelta atrás.
Lloro por la dureza de la auto crítica, porque desde mi interior el ejercicio de reconocimiento es muy rígido y doloroso. Lloré por mis fracasos; soy mi propio duelo.
El día que cumplí 20 años me puse ciertas metas para los 30, aquella yo que ya no soy, tenía objetivos familiares, y por sobretodo económicos. En concreto quería que al llegar a los 30 años tuviera una casa propia, o al menos una hipoteca con mi nombre en ella.
Durante esos 10 no obtuve la casa, viajé mucho, me sentí libre. Conocí esa sensación de libertad que sólo se tiene cuando todas tus pertenencias caben en 2 valijas de 23 kilos, y puedes ir de un lugar a otro. No creo que mi madre imaginó, cuando me subió a un avión por primera vez a mis 3 años, que me iba a gustar tanto embarcarme.
Pocos comprenden esa sensación de angustia cuando transcurren más de diez meses sin hacer aunque sea un vuelo de escape; esa añoranza por empacar y conocer otros aeropuertos.
En esos 10 años tomé decisiones radicales en mi vida. El aprendizaje fue a la brava, ocasioné dolor, nunca se borró esa cicatriz. Pero esta que soy ahora, ya no haría las mismas cosas. Quiero creer que todo eso sirvió para ser mejor persona.
Esa década no vino con casa, sino con viajes, y con una maestría. Consuelo de bobos, el MBA.
Este año me ha pasado volando, los 30 transcurren y quise lograr algo, para calmar mi ansiedad y callar a la voz que me reitera los fracasos.
Quise publicar el libro que tengo escrito. No tuve éxito, pues éste no pasó el consejo de lectura y aunque bien podría ir a otra editorial, siento que sería engañarme.
Obtuve mi certificación PMP (en el fondo este post tenía como objetivo contar que aprobé, pero se fueron escribiendo otras palabras). La satisfacción que siento por este logro, aunque momentánea es infinita. Sólo el 3% de los profesionales ecuatorianos ocupando posiciones de gerenciamiento o liderazgo son mujeres, Sólo el 3% de los profesionales ecuatorianos ocupando estos cargos son PMPs. El porcentaje de mujeres PMP debe ser aún más bajo, pero no tengo la cifra. Sólo existen 450 PMPs en Ecuador, y yo soy una. Es uno de los exámenes más difíciles de estándares internacionales, apenas el 10% de los que lo toman pasa al primer intento; y yo soy parte de esa estadística también.
Este año también me dediqué a la fotografía, y siento de verdad que es lo único que me hará libre. Que ahora puedo obtener cualquier trabajo con mi certificación + experiencia + habilidades. Pero que en caso de que todo explote, tengo mis 23 kilos y mi cámara de fotos y que eso me puede llevar donde yo quiera.
lunes, febrero 17, 2014
2014 el viaje
Las vacaciones anticipadas son en Chile, las he planificado tanto que podría pensar que llevo años preparando este viaje. Mi abuela hablando de Valparaíso cuando yo era niña. El viaje que se me quedó pendiente entre escalas Argentina - Quito. El regalo a mi mamá de recorrer un país del que escuchamos mucho, el acento divertido de los chilenos, toda la expectativa, y una breve parada en Mendoza que se me escapó de conocer durante los años que estuve tan cerca.
Viña es frío. En resumen, el verano en Viña es el más frío que he estado en un país que en teoría tiene cuatro estaciones. En pleno verano tengo que vestir como lo hago en la altura de Quito, una se imagina que en el mar la vida es mas sabrosa y que playa significa bikini pero resulta en viento y pantalones.
Valparaíso es pequeña y tiene mala reputación. La casa de Neruda tiene la mejor vista que se podría encontrar. Las cervezas son buenas, los mariscos son deliciosos. Los chilenos no son feos, no son lindos, están bien, que es suficiente en comparación. Los chilenos son todos amables y agradables.
Mendoza enamora. Me quedaría mil veces a vivir en Mendoza. Es un Buenos Aires chiquito con mucho que hacer y no alcanza el tiempo. El clima perfecto. Casi no hay perros y eso es muy bueno porque la ciudad está limpia. Hay wifi gratis en la ciudad. La comida es rica. La gente es guapa. La coincidencia que menos imaginaba todas esas veces que caminé por corrientes y por once, años mas tarde una sombra se movió debajo de esa puerta que está cerrada. Mendoza es linda. Argentina es un regalo en comparación a nuestra economía, compramos. Nos paró la policía, la sobornamos en dólares y le brillaron los ojos. Está todo mal pero de las peores anécdotas uno termina riéndose. Me dicen que quizás me gusta tanto por esa gran historia de amor que tuve con Argentina. Me quedaría en Mendoza, no tendrá la furia de Buenos Aires pero yo tampoco tengo la edad para esa fiebre. Escaparía únicamente en invierno.
Santiago, Chile se reivindica en Santiago con su verdadero calor de verano las calzadas similares a bs as y su gente amable en las calles. Lo impresionante que es ver a esa ciudad limpia por sobretodo, un metro subterráneo en excelente estado, sin aglomeraciones. Tomamos el metro de jueves a sábado, es caro pero excelente. Hicimos el tour por la ciudad y mas compras de lo que pensé, el departamento de lujo, fue el cierre perfecto para las vacaciones.
Nada más lindo que planear un viaje, mientras este ocurre propiamente los días son cortos y algunas cosas no tan buenas, pero los recuerdos y las fotos permanecen. Regreso a Quito, retomar la rutina y planear el siguiente escape, si Dios lo permite Europa 2015.



