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jueves, agosto 18, 2016

Una suerte pequeña

Hace cinco años que no leo un libro que me apasione, que me recuerde que me encantaba leer. 
En ocasiones extraño el hábito, y confieso que lo he intentado. 

La última vez que leí extasiada fue hace 5 o quizá un poco más, mis últimos libros leídos me los regaló Pablo Saritama, él sabe de libros, y sabe de regalos. Pero la última vez, incluso él falló, y me regaló "En el camino" de Jack Kerouac; me pareció imposible. No recuerdo haber llegado a la página veinte, y esos libros inician en la página once. Misma suerte con Nueve Cuentos de Salinger, y eso que Salinger en un momento me gustaba mucho, pero mi separador de lectura indica que me quedé en la página 120 de 286. A Justine de Lawrence Durrel no le si oportunidad alguna: fue directo al librero.

Y empezó esta sequía de lecturas. Me tomó 4 años terminar "Cartas Marcadas" de Alejandro Dolina, amo al negro Dolina, lo idolatro, pero me tomó 4 años, no eres tú negro, soy yo. Es un libro lindisimo, interesante, impredecible, encantador, pero no logró engancharme al hábito de nuevo. Cuando lo terminé estuve contenta pero no sentí el impulso de buscar algo más que leer y abrí mis redes sociales.

Hice otros intentos, acudí a la nostalgia, acudí a Boris Vian y el Lobo Hombre, que en su momento devoré y en este segundo intento no fue más que un one night stand y lo abandoné en el velador por meses para luego en un ímpetu de orden volver al librero a acumular polvo. Intenté con Metafísica de los tubos, ese libro me fascinó en primera lectura, tanto que lo recomendaba en todo momento, lo leí de una sola sentada y casi obligué a mi hermano menor para que hiciera lo mismo, él leyó y dijo que estuvo bien, así cuando decimos "bien" que es una palabra correcta pero no emociona. En este intento por volver a apasionarme, retomando lecturas que alguna vez me conmovieron Amelié Nothomb se dejó leer nuevamente en una sentada, pero lo hice de manera pesada y sin interés, como un mal polvo. 

En el viaje intenté con El vagabundo de Gibrán Jalil Gibrán. Gibrán Jalil Gibrán es mi mas pura infancia, eran esos días de escuela, era ese escape, la ficción, las moralejas. 
Ahora la nada, ni una fibra, un libro tan pequeño y yo sin poder salir de esta crisis de lectura. Me atreví una tarde con uno de mis tesoros, fue una medida extrema, algo en mí debía moverse, tomé un gran riesgo con Matar un Ruiseñor, no hay forma que ese libro me parezca malo, lo que Gibran me pareció aburrido, no me iba a pasar con Lee, es decir, ¡Matar un ruiseñor! ese libro no tiene edades, ese libro es una bomba! 
Lo dejé a la tercera noche, hice las paces con él y me convenci que era mejor no arruinar uno de los más bellos recuerdos de mi vida de lectora. 

Mi planta de naranja lima me hace llorar desde la portada, y la insoportable levedad del ser es un bellísimo recuerdo que no quiero arruinar con mi falta de deseo. Es como cuando se te muere la líbido y te acuerdas que el placer era bueno, pero te sabes completamente incapáz de sentirlo de nuevo. Con Harper Lee decidí dejar de reciclar recuerdos. De la vida se aprende que no se vuelve con un ex, solo porque un día se fue feliz con él, y que no se puede pretender sentir lo mismo años más tarde. 

No puedo culpar a facebook, twitter, instagram, pinterest, y netflix, sin culparme a mí. Salgo del trabajo a las 5pm, con lo cual a las 5:30pm estoy en pijama acostada bajo cobijas viendo televisión, veo 7 horas seguidas de capítulos de una serie, 7 temporadas, 24 capítulos por temporada, 45 minutos por capítulo, me ha tomado casi 2 meses terminarla. Encuentro paz en esa enajenación absoluta, ningún problema en mi cabeza, no hay soledad, no hay nostalgias, no extraño a nadie mientras miro televisión, el tiempo pasa solo y el viernes llega más rápido. Es la forma que encontré y está bien que así sea.

Hoy tuve un inicio de día algo atropellado, un revés del genio de esos que me salen tan fácil, y 6 horas de completa inactividad en la oficina me recordaron una recomendación: Una pequeña suerte de Claudia Piñeiro. Lo encontré casi enseguida y es un relato corto que pude imprimir en 17 hojas de lado y lado, con varias carillas por página. Es un libro de fácil lectura, una historia simple y predecible desde su contraportada, en la que el misterio de va develando de manera agradable y no será sorpresivo el descenlace, pero te lleva a esa otra dimesión, estoy en esas calles, estoy en ese barrio con la protagonista, estoy entendiendo sus dilemas y me está sacando de los míos. Hace tanto tiempo que no lograba dibujarse de esta forma un relato en mi mente mientras mis ojos avanzan rápido sobre las letras. Es bueno regresar.