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miércoles, noviembre 10, 2010

Incredulidad

Conocí a María Fernanda de forma poco usual. Yo había sido invitado a una feria de libros, mi agente supuso que mi calidad de personaje reconocido, podría atraer las miradas, yo adiviné que lo que quiso decir es que debíamos atraer miradas por el débil estado en que se encontraba mi imagen pública.

Asistí temprano, vestido como un domingo cualquiera que me quedara en casa, ostentando  la barriga de un cuarentón que nunca se ha cuidado. Algunas personas muy amablemente me pedían fotos a las que acepté con una sonrisa fingida, la misma con la que salí en todas las fotos y que no me quité al momento de despedirme de ellas. Al rato estaba tan aburrido que decidí salirme sin ser visto por la puerta de atrás, encontré a María Fernanda en el mismo lugar pero con una misión diferente, se estaba colando.

No mostró mucha vergüenza de ser capturada en el acto, tampoco trató de darme alguna excusa falsa para justificarse, se acomodó el cabello y en tono amigable me preguntó "¿ya te vas?". Por un momento sentí que era yo quien estaba cometiendo un delito, y nervioso le mentí que me faltaba el aire y que salía a tomar un café. Como no parecía creerme, en mi esfuerzo por demostrar que era inocente (aún sintiéndome culpable) hice algo poco común en mí, la invité a la cafetería de la esquina.

Empezamos la charla, con tal familiaridad que parecía que la semana anterior la hubiéramos dejado a medias, me confesó que estaba casada pero que ya no estaba segura de estar enamorada de su marido. Había tenido algunos romances, pero ninguno le había dado la seguridad que ella confiaba que sería el amor. "Solo con Daniel creí de verdad en el felices para siempre. Sabíamos que casarnos fue un error y que estábamos inevitablemente condenados a la separación, pero también sabemos que si no nos casábamos en ese momento nos perderíamos para siempre."

Lo que me gustó de María Fernanda fue su elegancia para llamarme de muchas maneras, pero nunca gordo. Me dijo que me había visto en algunas de mis obras hace muchos años, y hasta se permitió soltar un halago: "Desde hace 20 años que te vi actuar por primera vez y desde ahí no envejeces más."

Eso me dio coraje para además de devolverle el piropo y decirle que era muy linda, soltar un par de frases de aproximación con ánimo evidentemente libidinoso. Me paró en seco. Me dijo que no tenía ningún interés sexual en mí. Sin querer saber, pero con una risa de sorpresa pregunté qué es lo que le hacía tomar tamaña determinación anticipándose a los hechos, y muy seria y elegante ella respondió:
"Es que estás muy viejo. Yo no soy de esas muchachitas exuberantes, que un viejo como vos pueda lucir en fiestas. La única razón que justificaría que una mujer común como yo salga con un tipo que fácilmente le duplica la edad, es el amor. Y yo hace tiempo que no creo en él."

No sé si fue esa incredulidad lo que me enamoró, o quizá la honestidad con la que explicaba sus razones, o si acaso la elegancia con la que a pesar de llamarme reiteradas veces viejo, no se refirió a mi gordura como una variante de peso entre las razones de su rechazo.

5 comentarios:

Holden dijo...

Mª Fernanda parece una mujer de armas tomar, algo así como una "femme fatal" de las de las películas de antes. Eso sí, muy elegante.

So dijo...

Heh, la intención de este post es imitar el estilo de Jaime Bayly en sus libros. Sobretodo en "el canalla sentimental" se me hace muy divertido y reconocible, me gusta mucho leerlo y es como un homenaje chiquito. Me quedó muy, muy parecido.

Holden dijo...

Voy a tener que reconocer en público que ni se quien es ese autor ni conozco ese libro. Lo siento :)

Johan Daniel Estrella dijo...

Ahora que mencionas a Jaime Bayly, vuelvo a leer y sí, suenas como él, jejeje.

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

me gustó, aún no tiene el desenfado de Bayly pero es sólido