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lunes, abril 16, 2007

La feria

Tenía un poco más de cuatro años cuando mi padre me llevó por primera vez a la feria. Él, estricto militar con muchos años de servicio y entrenamiento previo a ejercer la profesión de abogado, caminaba al ritmo de una marcha que únicamente sonaba en su cabeza pero que yo, su único hijo, tenía que seguir aunque fuera una situación informal.

Un hombre que me invitaba a probar suerte con una escopeta en mano frente a muchas cajas de chicles de colores pegadas a un gran panel de madera llamaron mi atención, pero con pocas palabras y un gesto incuestionable de negación, mi padre me hizo entender que sería imposible malgastar el dinero en un juego que obviamente implicaba estafa. Seguimos dando vueltas por un rato, como era una feria de barrio no había mucho más por escoger, me detuve frente a mis dos alternativas: un carrusel cuyos vehículos eran payasos, naves espaciales o carros de latón pintado; y la gran rueda giratoria que se elevaba por encima de nuestros ojos con sus luces de colores.
Miré extasiado a papá que comprendió enseguida mi elección.

Pagó al sujeto que detuvo el juego por un momento y que bruscamente me ubicó en el que sería mi asiento, él no vino conmigo, era momento de demostrar mi valentía e independencia.

El pánico se apoderó de mi en el momento justo en que el tubo de seguridad se ajustó contra mi estomago, busqué a mi padre, traté de hablar, pedir que me bajen, demostrar mi arrepentimiento, pero fue inútil, la enorme rueda empezó a girar y llevarme con ella hasta lo más alto, provocando mi primer contacto con el vértigo: un vacío en la barriga.

Él se dio cuenta y captó con señas mi atención, clavo sus ojos fijamente en mi y de repente su postura seria cambió, extendió sus brazos transformándolas en dos pesadas alas de acero, y con una sonrisa empezó a narrar los hechos desde su punto de vista: yo era el piloto de un avión y me elevaba rápidamente por entre los cielos.

Mi miedo desapareció y aquella fría banca de metal a la que antes me aferraba con fuerza se convirtió en la primera cabina de avión que pisaría en mi vida. El cielo se abría a mi paso y las turbinas sonaban con fuerza en labios de papá quien hacía todos los ruidos del motor y daba vueltas desde abajo diciéndome como tomar el timón y esquivar las nubes. Fue el mejor paseo de mi vida. Mi primer simulacro de vuelo.

Bajé y encontré a mi padre distinto, la marcha militar se acomodó nuevamente en nuestros pies y la seriedad del ejército se encajó en su rostro. Pero ahora teníamos un secreto y afición compartida, no es que nos volviéramos cómplices, no me sonrió furtivamente ni me guiñó el ojo, pero no hacía falta tampoco, las luces de la rueda de la feria se quedaron iluminando nuestros recuerdos por mucho tiempo más.

* A Marcelo, piloto de todos mis sueños.