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miércoles, febrero 15, 2012

Ladrón (re editado)

Fíjese usted, yo siempre había querido escribir una carta a quien fuera víctima de un robo, en un intento hacer las cosas iguales; es que si se da cuenta hay muchas personas que escriben misivas a ladrones, salen en los editoriales, en internet y hasta la cantante colombiana escribió aquella canción en búsqueda de los ladrones que se llevaron las letras que tenía listas para el tercer disco, o eso dicen. 

Entonces, convengamos que todo aquel que ha sido asaltado siente lo mismo: ira, impotencia, malestar y hasta deseos de matar. Sí, yo mismo he escuchado a muchos eso de querer salir a la calle con una 38 y matar a cuanto ladrón se cruce en su camino. Es ahí cuando yo miro hacia un lado, sonrío y me tranquilizo, porque al final son pocos los que conocen mi oficio. 
Lo llamo oficio, tampoco vamos a ser tan insolentes de llamarle vocación como algún trovador de baja pretendió categorizarnos. 

Yo puedo entender que a usted le importe poco lo que sentimos nosotros, los que arrebatamos a la gente sus pertenencias; yo sé que a usted lo que le interesa es conocer el paradero de sus documentos. ¡Todos se inquietan por los documentos! Ustedes, cuántas veces he visto rostros desesperados, rogándome porque me lleve la plata y no los benditos documentos. 
Y a mí ¿qué me importan sus papeles amontonados en la billetera? No me importan ni me sirven, pero ver la angustia en sus ojos, suplicando por hojas y tarjetas en lugar de implorar porque no les estampe los restos contra una pared en un callejón abandonado, da mucha risa, perdóneme que se lo diga así, pero es en realidad hasta gracioso. Piénselo un poquito antes de insultarme con insolencia, de todas formas, para satisfacer su curiosidad, su morbo y por sus hermosos ojos verdes le voy a contar que los suyos están en algún basurero dos o tres cuadras hacia el sur de donde usted perdió la soberanía de sus bienes. 

Es posible que usted se pregunte una y otra vez, por qué a mí, por qué yo, por qué ese día, por qué mis cosas. La verdad es que yo no estoy aquí para consolarla ni darle mayor explicación, pero si le sirve de algo, para sentirse especial, le diré que lo suyo no fue un evento que dictara el azar. 
Yo la vi desde que usted estacionó su automóvil en la puerta de entrada del restaurante, la vi arreglarse en el espejo retrovisor, ponerse labial, repasar sus labios uno sobre otro esparciendo el color. También observé cuando hablaba por teléfono con movimientos bruscos como si estuviera molesta, sin embargo eso no le restó belleza, al contrario su ceño fruncido y el breve puchero que se permitió hacer y que yo desde la acera del frente, en mi banca, con mis lentes, divisé perfectamente, la hicieron lucir aún más hermosa. 

Cerró el teléfono y se lo guardó en el bolsillo, muy bien pensado porque caso contrario también me lo hubiera llevado y ahora formaría parte de una colección inútil de celulares que tengo en un cajón, y es que toca guardarlos ahí hasta poder venderlos en la frontera. 

Luego usted se bajó del auto, y me preocupó que no le pusiera alarma, 'debe ser de esos automáticos' pensé, pero al parecer su falta de memoria fue el instrumento para que yo me gane el pan del día, bueno, acepto que gané algo más que un pan. 

Ahora que lo pienso pudo ser el destino, el azar nos ha hecho encontrarnos de esta manera, usted no lo sabe pero olvidó poner la alarma a propósito para que yo pueda subirme en su carro, arrancar el radio, llevarme unos discos, que por cierto aunque usted no me pregunte le diré que James Blunt es el único que me ha gustado, los otros son de bastante mal gusto; así yo pude tomar también su cartera con la billetera dentro, y hurgar entre sus cosas para ver si encontraba algo más que me pudiera servir, porque uno aprende a ser muy selectivo en este oficio, no es cuestión de agarrar a tontas y locas, uno tiene que darse el tiempo para analizar, por ejemplo: si me llevo el radio, quiero también los discos, si me llevo la cartera y sus cosas, quiero también sus guantes aunque esto sea sólo para poder tener más cerca su aroma tan dulce. 

Y le confesaré que estando en su auto, me quede un momento quieto, retando al destino, a su mala suerte que aquel guardia del estacionamiento bien pudo convertir en buena, me quedé ahí contemplando sus blancos dientes mostrarse tras una sonrisa dos mesas a la derecha de la puerta principal, sus cabellos rubios exactamente iguales a esos que posaban sobre el espaldar del asiento. Bella, inocente, desconocedora de todo lo demás.

Así que di una última ojeada, confirmé que nada más de lo que ahí estaba podría servirme sea para uso personal o para su venta, y bajé disimuladamente. 

Crucé la vereda, aunque un intenso deseo me impulsaba a entrar al restaurante para poder verla más de cerca, sin embargo son estos momentos cuando a uno le sube la adrenalina y cualquier error puede terminar en una cita con la policía, y todos sabemos que a esos jueputas les encanta colgarnos de los pulgares, uno aprende a valorar el riesgo, crucé la calle. 

Hasta pena me dio cuando usted tan ingenua llamó a los policías y estos sinvergüenzas llegaron 40 minutos más tarde y encima le pidieron plata, pero ¿con qué plata iba a pagar si yo tengo sus 36 dólares y 70 centavos en mis bolsillos? 

La pude ver desde la esquina, ya para ese momento sus papeles, y otras chucherías estaban en los basureros cercanos, bien repartidos eso si, como para que sean varios los afortunados que los encuentren. Y es que sepa usted que a mí me gusta compartir y regalar lo que me sobra; siempre y cuando este en buen estado. 

Me fui poco después de fijarme que habían lágrimas resbalando por sus mejillas. No me gusta verla llorar. Debió ser la impotencia, la rabia o alguna broma de mal gusto de ese mequetrefe que la acompañó afuera del auto mientras llegaban los pacos. 

O pudo ser quizá por esta medallita que me vino de regalo junto con su cartera, la hice valorar en la joyería de don Patricio y me dicen que no vale más de 30 dólares, supongo que usted en su fineza no lloraría por 30 míseros dólares, quizá lo que le interesa es la inscripción que está detrás, con lo que deduzco que es un regalo de su padre. Pero no llore por eso, mire que al final de esta carta le voy a transcribir exactamente lo que dice, así usted tendrá de nuevo el recuerdo. 

Eso es todo mi hermosa Dulcinea, yo sé muy bien que ese no es su nombre, lo vi cuando me fijé en los documentos, pero es que María Gabriela se me hace demasiado común para una chica de su belleza, y para decirle la verdad, desde hace un par de meses que la he estado siguiendo, y siempre la imaginé como la doncella que es. Quién diría que justamente hoy, el azar uniría así nuestros destinos, y por fin podría percibir su aroma tan cerca, y saber sus sosas tan mías.

4 comentarios:

Holden dijo...

Me ha gustado mucho leer esto. Tiene un punto de realidad que me ha calado hondo. No me preguntes porqué.

¿Te han robado últimamente?

So dijo...

No, por suerte no me han robado ni asaltado ultimamente, la verdad sólo me han robado 2 veces, la primera fue un secuestro que está relatado en algún lugar del blog y el otro un robo simple, a oscuras, cuchillos de por medio, del cual salí intacta, pero molesta de que a falta de dinero, me robaron mis puchos.

Holden dijo...

¿¿Qué te han secuestrado?? Dime qué post es cuando puedas, por favor. ¡Que miedo!

A mí me han robado 3 o 4 veces. Una de ellas también con cuchillos de por medio, pero nunca nada importante.

¿Qué son puchos?

Efren (a.k.a. Ludovico) dijo...

Que buena carta. Sólo te falto un

"Ah sí, y no espero respuesta, charlaremos después, cuando le devuelva la medalla y el disco de James Blunt"